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Cuando ya han transcurrido más de cinco años desde que en marzo 2017 ingresara al Congreso el proyecto de ley que busca reducir la jornada laboral, aún seguimos con la anacrónica discusión sobre mantener o no las 45 horas semanales. Se ha propuesto reducir los feriados para llegar a las 40 horas, también agregarlos y mantener las 45 horas. A esto podemos añadir un hecho poco común; empresarios y trabajadores se pusieron de acuerdo y presentaron una propuesta al Ministerio del Trabajo.

Para ambas partes –empresa y trabajadores–, la apuesta es posible en la medida de que los objetivos corporativos no se vean afectados. De hecho, la semana laboral de cuatro días no es una medida universal o aplicable a todas las industrias. Eventualmente, algunos sectores podrían impulsarla, pero dependerá de reorganizar sus turnos y dotaciones. Pero eso es ya otra historia… volvamos a nuestra realidad.

En Chile y el mundo las transformaciones se dan básicamente por una crisis o por visión. En este caso, cada empresa deberá decidir por qué razón tendrá que cambiar. Si no puedo conseguir mejores empleados o si ya los tenía y estos se van porque no consigo equilibrar mi modelo laborar con calidad de vida, evidentemente estoy en una crisis. El sentido de urgencia lo dará cuánto me afecte este problema.

El reto para los líderes está en resolver y anticiparse al desafío con más visión, que no es otra cosa que entender hacia dónde se mueve el mundo. Quizás no vale la pena discutir si estamos o no preparados, sino cuándo vamos a materializar este cambio. Algunas empresas lo entenderán mejor y serán líderes, otras avanzarán empujadas por el mercado, y una fracción fracasará en su evolución.

La pregunta es ¿Cuán lejos estamos en Chile? Dependerá del valor que asignen las organizaciones a la dualidad entre productividad y flexibilidad. ¿Vale la pena ser más productivo si eso me permitirá ganar un día de descanso, trabajar menos horas y recibir el mismo sueldo? La tentación es decir que estamos “muy lejos” de aquellos países que ya transitan ese camino, pero la verdad es que muchas empresas locales disponen de infraestructura y recursos similares a los del “primer mundo”.

La clave está en un cambio de mentalidad. Una semana de cuatro días será posible solo si las organizaciones logran adaptar sus culturas y sus procesos hacia el cumplimiento de los objetivos, con el incentivo de que ese tránsito favorecerá el ansiado equilibrio entre trabajo y calidad de vida.

 

Por Alejandro Goldstein, Socio Director de OLIVIA.

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Foto: Pixabay

 

 

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