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La responsabilidad individual va mucho más allá de las obligaciones legales y se convierte en la piedra angular para motorizar los cambios de alto impacto. Qué podemos aprender de una antigua filosofía africana para mejorar el sentido de colaboración.

Un mago solicita a un joven ayudante que cuide de su castillo y cumpla con una serie de tareas. Pero este, perezoso y haragán, desobedece, pierde el control de la situación, genera destrozos y, al final, tiene que enfrentarse al castigo del hechicero. En El aprendiz de brujo (1797), el poeta romántico y dramaturgo alemán Johann Wolfgang von Goethe retoma la idea trazada en El aficionado a la mentira, del antiguo escritor griego Luciano de Samosata (125-181 d.C), y que será luego también reversionada en la película Fantasía, de Walt Disney, en 1940.
Una idea central, vinculada a uno de los principales valores humanos, se desprende de estas obras: el sentido de la responsabilidad, que comienza por el cumplimiento de las normas y que implica hacerse dueño de los propios actos, asumir consecuencias y comprometerse con las tareas que están bajo su ala.


En los últimos años, mucho se habló de la responsabilidad social, en tanto compromiso que tienen las personas al formar parte de una sociedad para lograr un entorno más justo y amigable con el medioambiente. Este concepto fue de a poco evolucionando y dio lugar a otros tipos de responsabilidades, como la Responsabilidad Social Empresarial (RSE, que se refiere a las acciones que realizan las organizaciones y que repercuten sobre la sociedad), la Responsabilidad en la Administración Pública (aquella que tienen las instituciones y las administraciones encargadas de diseñar y ejecutar políticas públicas) o, incluso, la Inversión de Impacto Social.


Sin embargo, poco se dice abiertamente del sentido de la Responsabilidad Social Individual (RSI), aquella que llevamos a cabo desde lo que aprendemos en el entorno familiar, el valor de las cosas y el impacto que tienen los actos de cada uno de nosotros frente a la sociedad. “La RSI es la conducta ética del ciudadano para consigo mismo y con su entorno, y va mucho más allá del cumplimiento de las obligaciones legales; está relacionada con nuestra actitud en el hogar, con nosotros mismos, con nuestra familia, con nuestros amigos, con el ambiente, con el trabajo, con nuestros vecinos y con la sociedad”, sintetizan desde la Asociación Española para la Calidad (AEC).


Sobre la base de la definición de la norma ISO 26.000 de responsabilidad social de acuerdo a la Organización Internacional de Normalización, la RSI es aquella que tiene un individuo frente a los impactos que sus acciones y decisiones para con su entorno. Induce, asimismo, a comportamientos colectivos sustentables y permite gestar organizaciones sanas que abracen la transformación y los cambios en pos del crecimiento, vinculándose a prácticas laborales y justas de negocios.


Para el ejecutivo indio Chander Prakash Gurnani, conocido como C. P. Gurnani, CEO de la firma tecnológica Tech Mahindra, la RSI es, incluso, una inversión emocional individual que puede transformar comunidades para un futuro sostenible. “Creo que la RSI tiene todas las características para ser un generador de cambios de alto impacto”, dice.
Porque, tomado colectivamente, la RSI, que se ocupa de que las personas se vuelvan más responsables en sus acciones que afectan a las comunidades, en su círculo íntimo y en sus trabajos, se articula a un nivel elevado de transformación desde adentro para una vida –y una empresa- con propósito.
Podría pensarse a la RSI, en un punto, como la “piedra angular”, tal como suele decirse en el mundo del diseño arquitectónico: la primera piedra en la construcción de la base de una edificación, que determinará la posición de todas las demás en el marco de toda la estructura.
La RSI puede tener un efecto multiplicador en la sociedad, dado que los esfuerzos individuales pueden acumular masa y convertirse en una fuerza colectiva.


Filosofía Ubuntu: yo soy porque nosotros somos


En un punto, y llevado al mundo corporativo, la RSI es el elemento que motoriza, alzándose como una suerte de espejo, en especial, de la alta dirección, donde las decisiones y acciones son claves para impulsar los cambios y para generar un efecto derrame puertas adentro de la organización. Porque, antes que gerentes, directivos, dueños y socios, somos seres con valores que nos guían. Como detallan desde la AEC, “la RSI es sinónimo de transparencia, escucha activa y mejora continua personal”.
Este uno de los puntos que se desprenden de Ubuntu: un relato sobre la filosofía africana de trabajo en equipo, colaboración y lealtad. El libro, publicado en 2010 por el best seller Stephen Lundin junto al conferencista y coach estadounidense Bob Nelson, rescata una antigua filosofía africana, vinculada al trabajo en equipo, el respeto, la colaboración y la comunidad, que forma los valores fundamentales de muchas tribus. El término “Ubuntu” proviene de la lengua zulú y significa “humanidad hacia otros” o bien “yo soy porque nosotros somos”.


El concepto no tardó en trasladarse al mundo de las organizaciones, en la búsqueda de una vida con un mejor propósito, bajo un trato compasivo, digno y respetuoso. Ubuntu hace hincapié en el éxito del grupo por encima de las conquistas individuales. El todo es más que la suma de las partes. Partiendo de esta base, sirve para que las organizaciones puedan cumplir su compromiso con los equipos y, al hacerlo, tengan más éxito al alcanzar sus metas.
Aplicar la RSI significa ser personas conscientes de los valores y principios que rigen nuestra vida y nuestras decisiones, a favor no solo del bienestar propio, sino colectivo. Es, en otras palabras, ver el comportamiento desde varias dimensiones: la personal, que implica tomar conciencia de las creencias, valores, misión y visión individual y su impacto en nuestro entorno; la laboral, que se traduce en participar activamente en la empresa y ser responsables en el trabajo; la ambiental, que conlleva el uso racional de los recursos; y la comunitaria, que lleva a participar de las necesidades sociales.


En las empresas, es necesario generar conciencia de que la responsabilidad es aquella piedra angular mencionada antes, porque todas las acciones individuales tienen impacto y consecuencias. Esa responsabilidad constituye las habilidades de poder hacernos cargo de nuestras falencias. Entonces, el primer punto es poder hacerse responsable en la forma de cómo leer un problema y cómo buscarle solución.
Hacerse de un sentido integral de la responsabilidad individual repercute en el esquema organizativo. Además, debemos ser responsables en cuanto a la pertenencia a un grupo de trabajo, en el sentido de coordinación de las tareas y el cumplimiento de los objetivos. La responsabilidad social y la ética requieren ser parte de la formación individual.
Porque, como dijo alguna vez el escritor y conferencista estadounidense John C. Maxwell, “el mayor día de tu vida y la mía es cuando tomamos responsabilidad total de nuestras actitudes. Ese es el día en que realmente crecemos”.

 

Por Marcelo Blechman, Socio de OLIVIA