Las empresas que hoy presumen de tener a su propio '10' deberían preguntarse qué van a hacer el día que ese diez se lesione, se queme o simplemente decida que ya dio suficiente.
El camino hasta aquí no ha sido cómodo para los albicelestes: en octavos en el minuto 78 perdían 2-0 ante Egipto; empataron sobre la bocina con Suiza en cuartos y se fueron a la prórroga; y en la semifinal Inglaterra iba un gol por encima hasta el minuto 85. Tres remontadas, y en cada una un protagonista distinto para el gol decisivo.
Una semana antes, el diagnóstico era otro. Antes de cuartos de final, los ocho goles de Messi representaban el 57% de los 14 que había anotado el equipo, y ningún otro jugador llegaba a las dos dianas; él solo había rematado al arco más veces (18) que todos sus compañeros juntos (16). La prensa bautizó el fenómeno Messidependencia y lo repitió durante semanas: a los 39 años, Argentina parecía depender por completo de que Messi siguiera apareciendo.
Ese diagnóstico no sobrevivió a los cruces eliminatorios. Contra Egipto, Suiza e Inglaterra, con la exigencia más alta del torneo, el gol dejó de salir siempre del mismo lugar: definieron Enzo Fernández, Julián Álvarez, Lautaro Martínez. Messi seguía decisivo, pero más como el que arma la jugada que como el que la termina. Argentina construyó su segunda final consecutiva demostrando algo que la Messidependencia no anticipaba: se puede pasar de depender de una estrella a repartir el peso entre varios sin que la ambición de esa estrella se apague.
En cualquier organización existe una versión de esa Messidependencia: se concentra el peso del resultado en el mejor talento, y mientras funciona nadie pregunta qué pasa el día que no alcanza. Es un riesgo real, del que Argentina logró escapar. "Conozco este grupo desde adentro y sé de lo que es capaz", dijo Messi tras eliminar a Inglaterra. No habló de sí mismo. Habló del equipo.
La verdad incómoda es que muchas organizaciones no la sufren por accidente: la fomentan. Depender de una sola persona es más fácil de contar en una junta directiva que explicar por qué diez personas distintas, ninguna extraordinaria por sí sola, sostienen el resultado. Un solo nombre cabe en una diapositiva; un sistema, no. Así que se sigue fichando estrellas, se les paga como estrellas y se construye la narrativa entera alrededor de ellas, aunque cualquier responsable de personas sepa, en el fondo, que esa dependencia es una bomba de tiempo con la mecha ya encendida.
El objetivo de gestionar a tu mejor gente no debería ser que brille más. Debería ser que, con el tiempo, deje de ser imprescindible. Suena casi una traición al mérito individual, pero es la única forma de construir algo que sobreviva a esa persona: un equipo comercial que no se derrumbe si el mejor vendedor se va a la competencia, un equipo de producto que no dependa de que una sola cabeza siga teniendo la próxima idea. Las empresas que hoy presumen de tener a su propio '10' deberían preguntarse, con la misma honestidad con la que se lo pregunta un cuerpo técnico, qué van a hacer el día que ese diez se lesione, se queme o simplemente decida que ya dio suficiente.
"La ambición no se agota con el éxito, se redefine, y solo vale la pena cultivarla cuando esa redefinición incluye al equipo"
Contra Egipto asistió y marcó, pero fue Enzo Fernández quien cerró la remontada. Contra Suiza no participó de los goles: los hicieron Julián Álvarez y Lautaro Martínez, en la prórroga. Contra Inglaterra ni siquiera anotó: dio las dos asistencias. Una selección messidependiente ya se habría quedado en el camino en alguna de esas tres remontadas.
Ahí está la clave que las organizaciones suelen pasar por alto: la ambición no se agota con el éxito, se redefine, y solo vale la pena cultivarla cuando esa redefinición incluye al equipo. La pregunta que separa al héroe organizacional del simple ególatra con buenos resultados no es cuánto quiere seguir ganando, sino si ese deseo deja sitio para que otros también ganen.
Tras la semifinal, Messi no disimuló el desgaste: "Ese cansancio, todos mis compañeros dejando el máximo en cada partido… pero queda un pasito más y lo vamos a seguir intentando. Cuidar a un héroe organizacional es exactamente eso: darle motivos reales para seguir compitiendo, sin fingir que su resistencia es infinita ni dejarlo envejecer sobre los laureles porque resulta más cómodo de gestionar.
El domingo, Argentina buscará algo que nadie logra desde hace más de 60 años: repetir título. Si lo consigue, no será solo mérito de Messi; será la prueba de que, partido a partido, dejó de serlo tanto. La pregunta que debería hacerse cualquier organización no es si tiene una estrella; es qué pasaría mañana si esa estrella, sencillamente, no apareciera.
Lee el artículo original en El Confidencial
Por Gabriel Weinstein, Managing Partner en Olivia.