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Llega fin de año y pareciera que el mundo se acabara. Empezar a hacer aquello a lo que nos comprometimos antes de que termine el año; hacer cosas para cumplir los objetivos propuestos; gastar presupuestos; cerrar proyectos, o, todo lo contrario, lanzarlos, antes de que llegue 2022. Pero, a no engañarnos: de esta forma, somos los propios culpables de que nuestras agendas estén colapsadas de actividades y del agotamiento físico y mental que traen de la mano. Porque el día no se carga de más horas por más que querramos. No obstante, insistimos: de pronto todo debe suceder ya y de forma tan inmediata como lo marca el ahora.

Por esta semana algunos contactos me pidieron si podía volver a activar el aviso de lectura de los mensajes de WhatsApp. ¿La razón? No sabían si los leía. El pedido me generó mucha risa porque siempre dije -y también escuché de otros-que “usemos el WhatsApp para hablar porque es más inmediato que el mail”. El tema es que, en realidad, no estamos esperando la respuesta sino sólo saber si nos leyeron, casi como si fuese un canal de notificaciones. Por eso, esta vez, mi respuesta al pedido fue: “No te preocupes. Te vas a dar cuenta de que te leí porque te voy a responder”.

 

Un espacio necesario

Esto me llevó a pensar que la ansiedad de ver resultados en tiempo real nos convierte en ocasiones en nuestros propios y peores enemigos. En todos los ámbitos: desde lo profesional hasta lo personal. Porque somos nosotros los que diseñamos productos y soluciones que atentan contra nosotros mismos, creyendo que con el real time generamos beneficios para las personas. Pero, siempre deberíamos recordar que nuestras innovaciones también pueden generar trastornos en ellas. Incluso, el propio proceso de innovar requiere de su tiempo: no se innova en la inmediatez. Innovar, requiere de espacios para probar, testear y ajustar. Querer acelerar ese proceso resultará en productos que no terminan nunca de funcionar del todo para nuestros clientes. Las últimas dos décadas están llenas de ejemplos de empresas que no supieron respetar esta regla. Entonces, la cultura de quererlo (y ternelo) todo en tiempo real es una hoja de doble filo.

Por eso, los invito a preguntarnos: ¿Qué pasaría si matamos el “ya”? ¿Qué pasaría si en lugar de “ahora” es en otro momento; es después? Seguramente dejaríamos de hacer muchas cosas. Pero, también, dedicaríamos más tiempo a entregar productos, servicios y también nuestro tiempo con mayor calidad. Incluso, podríamos dedicarle tiempo al arte de hacer….. nada. Sí, leyeron bien: hacer nada. Como también se lo propusimos esta semana a un grupo de líderes en una empresa con la que trabajamos: “Por 10 minutos, hagamos nada”.

El disparador que me inspiró a reflexionar en esto y practicarlo en consecuencia fue un video que me compartió hace un tiempo una colega. Somos muy conscientes de la necesidad de hacer nada. Sin embargo, nos resulta difícil porque se trata de generar hábitos, una cultura de frenar y elegir. Eso en un tiempo que parece acelerando en la dirección contraria, que lo quiere y exige todo en el ahora y en el ¡ya!. La buena noticia es que está en manos de cada uno de nosotros como seres humanos modelar en qué tipo de cultura queremos estar. Es por eso, que a punto de entrar en las últimas semanas del año, nos hago la invitación que me proponía el video: “Pongamos de moda la cultura del hacer menos”.

 

Por Mariana Socorros, Directora de Innovación y People Centricity de OLIVIA