Hace algunas semanas estuvo almorzando con un ejecutivo de tecnología que lidera operaciones en la región y hablamos sobre el desembarco inminente de la robótica en América Latina.
La escala del fenómeno es global: en 2025 se instalaron más de 600.000 robots industriales en el mundo, un aumento del 11% frente al año anterior, y el parque global llegó a 5 millones de unidades operativas. Asia concentra buena parte de esta adopción, mientras que América todavía representa una proporción menor. Este matrimonio entre Inteligencia Artificial y robótica plantea una pregunta ineludible sobre la gestión del cambio y la transformación cultural: ¿Qué va a pasar en las organizaciones cuando nos toque tener de compañero de trabajo a un robot?
Esta inquietud trasciende el ámbito corporativo e industrial para instalarse en lo cotidiano. En Buenos Aires, en un centro comercial estándar como lo es el Abasto, es posible encontrarse con una cafetería atendida por un robot. Las personas se acercan, marcan su pedido en una pantalla y filman al brazo robótico mientras prepara y sirve el café. Sin embargo, detrás del asombro y la novedad tecnológica, la escena también genera una sensación ambivalente. Es la percepción directa de que allí donde antes había un ser humano interactuando con otros, hoy hay una transacción automatizada, lo que nos lleva a cuestionar las consecuencias sociales y laborales de este proceso.
El impacto de las decisiones de automatización ya se ve en distintos entornos. En ciudades como Bogotá, tras incrementos significativos en los costos laborales que afectaron la sostenibilidad de muchas pymes, se aceleró la automatización de accesos y servicios en edificios de viviendas. Las porterías tradicionales se sustituyeron por sistemas de doble puerta esclusa con cámaras para la recepción de paquetes. Si bien este tipo de medidas resuelve un problema operativo o económico y se establece de forma definitiva, también genera un impacto profundo en el empleo, altera la dinámica de convivencia y plantea nuevos desafíos de seguridad en la comunidad.
El desafío invisible: redefinir las habilidades humanas frente a la automatización
Frente a este panorama, las posturas suelen dividirse entre el entusiasmo tecnológico y el temor a la pérdida de empleo, emulando discusiones históricas como las del movimiento ludita durante la Revolución Industrial.
La escala de esta transformación ya es medible: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) estima que la IA podría afectar hasta el 40% de los empleos del mundo, ofreciendo ganancias de productividad, pero también generando preocupación por la automatización y la pérdida de puestos de trabajo. La OIT advierte que uno de cada cuatro trabajadores desempeña una ocupación expuesta a la IA generativa, aunque su conclusión es clave: la mayoría de los empleos será transformada, no eliminada, porque seguirá requiriendo criterio, supervisión e interacción humana dentro del equipo.
Según el Foro Económico Mundial, de cara a 2030, se prevé la creación de 170 millones de empleos y la desaparición de 92 millones, lo que arroja un saldo neto positivo de 78 millones de nuevos puestos. El movimiento alcanzará al 22% de los puestos actuales: la transformación será estructural.
Esta automatización obliga a las organizaciones a replantearse en qué habilidades humanas para el liderazgo entrenar a sus equipos. Aunque las competencias tecnológicas crecerán más rápido, el pensamiento analítico y creativo, la resiliencia, la flexibilidad, el liderazgo y la colaboración seguirán siendo críticos. Además, la brecha de habilidades es hoy la principal barrera empresarial: el 63% de los empleadores la identifica como su obstáculo central. La discusión no es si las capacidades humanas serán reemplazadas, sino cómo se combinarán con la tecnología y evitar delegar el pensamiento propio en la IA.
Desde la perspectiva de la transformación organizacional, la tecnología nunca falla de forma aislada; falla cuando la cultura no está lista para acompañarla. La gestión del cambio no consiste simplemente en comunicar una nueva herramienta, sino en comprender de manera profunda las ansiedades y comportamientos que se movilizan cuando el entorno cambia.
Independientemente de que una compañía considere o no incorporar robótica en el corto plazo, el liderazgo exige abrir esta conversación. Las empresas son los principales generadores de riqueza social, ambiental y económica, y sobre ellas recae la responsabilidad de entender qué sociedad están construyendo. En un mundo corporativo hiperconectado, aunque con frecuencia despersonalizado, la verdadera evolución vive en lo que las personas hacen, piensan y sienten en el día a día. La meta no debe ser competir por ser el mejor del mundo, sino asumir la responsabilidad colectiva de ser lo mejor para el mundo, garantizando que el avance tecnológico no deje de lado al ser humano.
Por Luis Felipe Barrientos, socio de Olivia Colombia.