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El cambio duele y nunca viene sin un costo. La realidad que impone la agresión rusa a Ucrania (y al resto del mundo) es solo un espejo más. Pero son los pequeños actores que mejor lo entendieron. Hagámosle caso.

Una imagen vale más que 1000 palabras. Trillado como resulta este dicho, fue solo hace unos días que volví a confirmarlo. La foto a la que me refiero la había publicado un diario alemán. Mostraba una de las tantas manifestaciones que toman por estos días las grandes ciudades de Alemania para protestar -como no hacerlo- contra la invasión rusa a Ucrania de la mano de Vladimir Putin. Sin embargo, lo extraordinario de esta foto no era su relato, sino la imagen: un niño, pequeño, parado en el medio de la muchedumbre enardecida, sostenía un cartel. Callado, casi apático y sin prestarle mucha atención a los adultos alrededor suyo, levantaba la pancarta, dejando que el mensaje hablara por él. “Mejor pasar frío que pagarle a Putin”.

El breve mensaje, escrito en grandes letras y en una estilo que revelaba a su autor como de no más de 10 años, se me incrustó en la mente. No tanto por el aplomo de su emisor sino por recordarme que en, estos tiempos de desafío, son los “pequeños héroes”, las personas como uno, que pueden marcar una diferencia. Y en ese camino veo a nuestras organizaciones y a nosotros como sus líderes con un rol estelar a cumplir. Una de las formas es hacernos responsables es decir basta, como lo hizo una gran cantidad de multinacionales que no dudaron y se retiraron de Rusia al poco tiempo de invadir Putin a Ucrania. Fue el caso de Visa; Toyota; AirBnB, Goldman Sachs, Apple, Mango, Google, LVMH o Mercedes-Benz y General Motors, entre muchas otras.

Sin embargo, el principal aporte que podemos dar con nuestras organizaciones es también otro: la obligación de no demorar ni un minuto más los cambios transformacionales que nuestra cadena de valor global nos exige para no caer nunca más en la tentación de debatirnos entre el negocio y la vida de las personas. Pero no solo en materia energética. Porque, el cartel de mi pequeño héroe no solo es un mensaje a los líderes políticos de su país. Incluye también una mensaje que bien puede interpretarse desde una visión de “consumidor”. Es el aviso de alguien que nos dice: “No quiero más el bueno y barato. Quiero productos (y proveedores) que tengan un origen con el cual me puedo identificar; que sea sustentable; que responda a mí forma de ver y proteger el mundo en el que vivo, en el que viven mis amigos y mis seres queridos. Y estoy dispuesto a pagar lo que eso valga”.

Entonces, estemos en Santiago de Chile; San Diego (California), Madrid, Berlín, Addis Abeba, Nueva Delhi, Shanghái o Melbourne, los pequeños héroes de nuestro mundo nos exigen hoy, como nunca antes, basar nuestros modelos productivos y de negocios sobre fundamentos que ponen a las personas y al bienestar de todos en el centro. Tal postura requiere de nosotros como líderes de organizaciones priorizar la mirada de largo plazo sobre el corto. Pero, en primer lugar, requiere, la cualidad más básica que todo líder debe tener: coraje.

 

Un reto que ya es histórico

Para ponernos en situación, mientras escribo estas líneas, los gobiernos de la Unión Europea se debaten entre la espada y la pared. El bloque debe decidir si corta el suministro de gas y petróleo ruso o si sigue apostando a condenar la invasión mientras sigue pagándole al dictador de Moscú más de 1.000 millones de Euros por día para garantizarse el combustible que mantiene a pleno sus industrias y economías. Recordemos: por caso, la economía alemana depende en un 40% del suministro de petróleo ruso y en más del 50% de su gas. Un desacople de esa fuente de energía condenaría al motor de Europa a caer en una recesión segura. Las proyecciones más optimistas esperan que el impacto se traduciría en una caída del Producto Bruto Interno (PBI) alemán del 3% en los próximos 18 meses. A la tasa de inflación actual (febrero 2022) de 5,1% se le sumarían otros 2,3%. Las consecuencias se extenderían por los próximos diez años: salto del desempleo a escala masiva; la cantidad de empresas con problemas de liquidez se multiplicaría. En otras palabras, la locomotora alemana se pararía en seco. Los datos no dejan espacio para dudas.

Pero sobre lo que tampoco pueden quedar dudas es que el dolor a pagar vendrá de la mano de una aceleración del cambio y la transformación. La historia está llena de ejemplos que prueban que si no se aprovecha el momento por falta de visión, la historia se encarga de imponerlas.

Uno de los mejores ejemplo ocurrió en 1453: la caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos. El cierre de las rutas terrestres al Lejano Oriente (Persia / China) fue declarada como el fin de una época. De hecho, representó el fin del último resabio del Imperio Romano. Sin embargo, al poco tiempo -si pensamos en tiempos históricos-, Cristóbal Colón descubrió América (1492). Lo pudo hacer porque el dolor de perder el acceso a Oriente generó más que la necesidad una nueva disponibilidad para buscar alternativas. Si el genovés hubiera propuesto su viaje en la época anterior a la caída de Constantinopla quizás -y, a mi juicio, seguramente- su mensaje no hubiese encontrado receptor. Dicho en términos modernos, su “pitch” para probar un nuevo modelo de negocios no hubiese encontrado inversor. Sin embargo, Constantinopla cayó. Y el mundo cambió.

 

Con los ojos bien abiertos

Es bueno recordar que los cambios que permitieron justamente ese bienestar se sustentan en la visión de aquellos que se animaron a dar el primer paso hacia lo imposible. Desde el primer bípedo que dejó África en búsqueda de nuevas fuentes de alimentos, hasta el primer ser humano que llegó al espacio (justamente, el ruso Juri Gagarin), nuestra especie mejoró su vida cuando siguió una visión. Y en ese sentido, hoy, son nuestras organizaciones tienen el poder de cambiar el mundo.

Pongamos a las personas en el centro de lo que hacemos. Tengamos el coraje de recalcular nuestros modelos de negocios para que incluyan el impacto que generan a nivel social y ambiental en su hoja de resultados. Rearmemos nuestras cadenas de suministro sobre bases escalables de recursos sustentables. En definitiva, entendamos a nuestras compañías como motores para el cambio y actuemos en consecuencia.

Sin duda, afrontar esa realidad supondrá problemas y sufrimiento, como lo puede suponer la pérdida de nuestras tradicionales fuentes de ingresos, de nuestro tradicional modelo de pensar nuestra organización, de nuestra tradicional forma de abastecer y vender nuestros productos. Sin embargo, la alternativa de esperar a que la tormenta pase para ver quién sobrevive puede resultar en un dolor mayor, como nos lo recuerdan hoy, cada día, las fotos que llegan de Ucrania.

Un pequeño niño, parado en el medio de una multitud y “armado” con un simple cartel de cartón nos recuerda que llegó el momento de hacer lo correcto y no lo conveniente. Sigamos su visión.

 

Por Alberto Bethke, Socio Fundador de OLIVIA.

 

 

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