Ezequiel Kieczkier, socio fundador y CEO de Olivia, autor de la nota sobre FOBO y el miedo a quedar obsoletos en la era de la inteligencia artificial

FOBO: el miedo de quedar obsoletos en la era de la inteligencia artificial

La IA no solo cambia lo que hacemos: cambia cómo pensamos nuestro valor. Qué es el FOBO y por qué el criterio humano es la nueva ventaja profesional.

Escrito por
Ezequiel Kieczkier
Ezequiel Kieczkier

CEO y socio fundador. Co Autor de Crisis & Co.

Hace meses que escucho a colegas, clientes, profesionales y amigos atemorizados o casi paralizados por la irrupción de la IA en sus profesiones. 

La velocidad del proceso es tan vertiginosa que despierta inseguridades profesionales que hasta hace poco no teníamos.

La inteligencia artificial no solo está cambiando lo que hacemos. También está transformando la manera en que pensamos nuestro propio valor. El nuevo temor no es perder el trabajo mañana, sino dejar de ser necesarios pasado mañana.

Durante mucho tiempo, la pregunta frente a una nueva tecnología fue: "¿Me va a reemplazar?". Con la inteligencia artificial, esa pregunta se volvió más incómoda y más profunda: "¿Qué parte de lo que sé hacer seguirá siendo valiosa?".

De ahí surge el FOBO: Fear of Becoming Obsolete, el miedo a quedar obsoletos.

No se trata únicamente del temor a perder un empleo. Es algo más íntimo. Es la sensación de que nuestras capacidades, nuestros conocimientos y hasta nuestra experiencia podrían dejar de importar. Que aquello que nos llevó años aprender puede ser realizado, en pocos segundos, por una herramienta que todos pueden usar.

Un estudiante puede pedirle a una IA que le explique un concepto difícil con ejemplos de fútbol. Un profesional puede resumir un informe de cien páginas en un minuto. Una persona que nunca escribió una línea de código puede crear una aplicación sencilla. Alguien sin ningún conocimiento de música puede componer una sinfonía. Alguien sin experiencia en diseño puede generar una presentación visualmente atractiva o un video disruptivo.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial puede hacer algunas de nuestras tareas. La pregunta es qué hacemos nosotros cuando esas tareas dejan de ser exclusivamente nuestras.

El miedo no es nuevo, pero la velocidad sí

Cada revolución tecnológica produjo temores parecidos. La máquina de vapor amenazó oficios enteros. La computadora automatizó tareas administrativas. Internet modificó el comercio, los medios y la forma de comunicarnos. Para que la figura de la secretaria ejecutiva prácticamente desapareciera del mercado pasaron una o dos décadas. Lo mismo les sucedió a los trabajadores de peajes: tuvieron una década de advertencia.

Pero la inteligencia artificial introduce una diferencia decisiva: no automatiza solamente el trabajo manual o repetitivo. También interviene sobre actividades que asociábamos con el pensamiento: escribir, analizar, resumir, traducir, diseñar, programar, investigar.

Por eso el impacto es tan personal. Durante décadas construimos nuestra identidad alrededor de lo que sabemos hacer. "Soy contador", "soy periodista", "soy abogado", "soy diseñador", "soy docente". Ahora muchas de esas profesiones incorporan herramientas capaces de realizar una parte importante de ese trabajo en menos tiempo y, en algunos casos, a menor costo.

El problema aparece cuando confundimos una tarea con nuestra identidad.

Un contador no es solamente alguien que carga datos en una planilla. Un periodista no es solamente alguien que redacta textos. Un docente no es solamente alguien que transmite información. Un médico no es solamente alguien que reconoce síntomas.

La tecnología puede hacer algunas de esas tareas. Pero todavía necesitamos personas capaces de comprender contextos, hacer preguntas relevantes, asumir responsabilidades, interpretar matices y tomar decisiones cuando no existe una respuesta evidente.

Del “saber hacer” al “saber decidir”

Durante mucho tiempo, la ventaja profesional estuvo en acumular conocimiento. Quien sabía más, tenía más valor. En un mundo donde el acceso a la información es instantáneo y las máquinas pueden procesarla a gran velocidad, esa ventaja comienza a desplazarse. No alcanza con saber responder. Hay que saber qué preguntar. No alcanza con producir una presentación. Hay que entender qué problema debe resolver. No alcanza con generar diez ideas. Hay que reconocer cuál puede funcionar y por qué.

La inteligencia artificial puede escribir un correo, pero no siempre sabe si conviene enviarlo. Puede proponer una estrategia, pero no conoce necesariamente la historia de una organización, sus tensiones internas o el costo político de una decisión. Puede entregar una respuesta convincente, incluso cuando es incorrecta.

El valor humano empieza a concentrarse en otro lugar: el criterio.

Ese criterio no es una habilidad abstracta ni reservada para unos pocos iluminados. Se construye con experiencia, curiosidad, pensamiento crítico y capacidad de aprender. También con algo que las máquinas todavía no pueden reemplazar completamente: la responsabilidad por las consecuencias.

Un ejemplo cotidiano

Pensemos en una persona que trabaja en atención al cliente. La inteligencia artificial puede sugerir respuestas, ordenar reclamos y detectar patrones en miles de conversaciones. Eso no significa necesariamente que esa persona deje de ser necesaria. Pero su trabajo sí puede cambiar.

Tal vez ya no tenga que responder de manera manual cada consulta simple. En cambio, deberá resolver los casos más complejos, detectar cuándo un cliente está realmente frustrado, decidir cuándo apartarse del guion y encontrar una solución que preserve la relación.

La herramienta puede hacer más eficiente el trabajo. También puede volverlo más exigente.

Lo mismo ocurre en una redacción. Una IA puede resumir documentos, proponer títulos o redactar una primera versión. Pero una columna de opinión no se define únicamente por su gramática. Se define por una mirada, una hipótesis, una sensibilidad y una posición frente al mundo. La máquina puede ayudar a escribir. La pregunta es si nosotros todavía tenemos algo que decir.

La respuesta al FOBO no es correr detrás de cada novedad

Frente al miedo a quedar obsoletos, la reacción más común es intentar aprender todas las herramientas. Aparecen cursos, tutoriales y listas interminables de aplicaciones. Como si la solución consistiera en conocer cada novedad antes que los demás.

Pero esa carrera no tiene línea de llegada. La tecnología va a seguir cambiando. Lo que hoy parece imprescindible mañana puede ser reemplazado por una función integrada en otra herramienta. Por eso, más que aprender aplicaciones específicas, necesitamos desarrollar capacidades que sobrevivan a los cambios de plataforma: formular mejores preguntas, trabajar con otros, comunicar con claridad, entender problemas complejos y aprender de manera continua.

La alfabetización en inteligencia artificial será importante. Pero no consistirá solamente en saber escribir una instrucción para obtener una respuesta. También implicará saber verificarla, discutirla y reconocer sus límites.

Porque una respuesta rápida no es necesariamente una buena respuesta. Y una respuesta segura no es necesariamente verdadera.

La obsolescencia más peligrosa

Existe, además, una forma de obsolescencia que no viene de la tecnología sino de nuestra actitud frente a ella. Es posible quedar obsoleto no porque una máquina haga mejor una tarea, sino porque dejamos de hacernos preguntas. Porque aceptamos la primera respuesta. Porque dejamos de conversar con colegas, de observar a los clientes, de leer, de experimentar. Porque delegamos tanto el pensamiento que terminamos perdiendo la capacidad de decidir. El verdadero riesgo no es que la inteligencia artificial piense como una persona. Es que las personas empiecen a pensar como una herramienta: de manera automática, previsible y sin criterio propio.

El FOBO puede ser una señal de alarma, pero también una oportunidad. Nos obliga a revisar qué valor aportamos y qué tipo de profesionales queremos ser. No para competir con las máquinas en velocidad, memoria o volumen de producción. Esa competencia está perdida antes de empezar.

Nuestra tarea es otra: usar la tecnología para ampliar nuestras capacidades sin entregar aquello que nos vuelve responsables de nuestras decisiones.

En la era de la inteligencia artificial, no será obsoleto quien no sepa utilizar cada herramienta. Será obsoleto quien crea que ya no tiene nada nuevo que aprender, preguntar o aportar.

Y quizás ahí esté la paradoja: para no quedar obsoletos, tendremos que volver a hacer algo profundamente humano. Aprender.

Por Ezequiel Kieczkier, socio fundador y CEO de Olivia.

 

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