Liderar no es hacerlo todo, es saber con quién hacerlo.
Un líder eficaz no es quien lo sabe todo, sino quien sabe rodearse de los mejores. El autoconocimiento y la humildad son esenciales para liderar con eficacia.
En un reciente episodio de Whisky Stories, hablábamos de la determinación del líder y de su evolución en el tiempo. Reflexionamos sobre lo que hoy le pedimos a un líder: determinación, sí, pero también autoconocimiento. Sin esto último, el liderazgo puede caer en una trampa común: la creencia de que un líder debe ser bueno en todo, un tópico que abordamos en el episodio “Ser líder no es ser todólogo”.
El peligro de la soberbia
A lo largo de los años, vimos cómo muchos líderes caen en la soberbia de pensar que su talento en un área los hace competentes en todas. La historia nos muestra ejemplos de deportistas exitosos devenidos en funcionarios o de artistas que incursionan en la política. Pero, ¿realmente alguien puede ser bueno en todo? La realidad nos dice que no.
En general, las personas destacan en una o pocas habilidades y, en el resto, son regulares o incluso deficientes. La clave del liderazgo no está en intentar ser omnipotente, sino en reconocer dónde se es fuerte y en qué aspectos se necesita complementariedad. Un líder que no se mira al espejo con honestidad y no acepta sus limitaciones está condenado a rodearse de personas que no desafían su visión, limitando así el crecimiento de su organización.
No se trata solo de humildad, sino de eficacia. Cuando un líder pretende ser el mejor en todo, termina limitando a su equipo, sofocando el talento a su alrededor y, en muchos casos, tomando malas decisiones. La capacidad de delegar es una muestra de inteligencia estratégica.
La clave: formar un equipo con los mejores
El liderazgo efectivo no se trata de acumular conocimientos y habilidades individuales, sino de construir equipos que complementen las fortalezas y debilidades de su líder. Para ello, es necesario:
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Autoconocimiento brutal: un líder debe reconocer en qué es realmente bueno y en qué no.
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Rodearse de los mejores: no alcanza con contratar gente talentosa; hay que darle autoridad y espacio para aportar.
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Aceptar la vulnerabilidad: decir “no sé” y confiar en expertos es un signo de fortaleza, no de debilidad.
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Crear una visión compartida: la determinación del líder debe enfocarse en trazar el camino, no en ejecutarlo todo.
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Dar autoridad real al equipo: no se trata solo de delegar tareas, sino de empoderar a quienes pueden aportar desde su experiencia.
Lo dijo Steve Jobs: “Contratamos a personas inteligentes para que nos digan qué hacer, no para decirles qué hacer”. Un líder que entiende esto está en camino a construir organizaciones sólidas y sostenibles.
El caso de Bill Gates, creador de Microsoft, es un ejemplo claro. Fue visionario al imaginar una computadora en cada escritorio, pero también supo reconocer sus limitaciones en la dirección de la empresa, delegando esa función a otras personas más capacitadas para el rol. Esa es la diferencia entre un líder efectivo y uno que se deja arrastrar por la soberbia.
Un ejercicio valioso para cualquier líder es preguntarse: ¿En qué soy realmente bueno? ¿En qué soy mediocre? ¿Estoy rodeado de personas que complementan mis debilidades o simplemente de personas que no desafían mis ideas?
Reflexión final: Si aún creés que sos bueno en todo, quizá sea momento de revisar tu liderazgo.
Por Ezequiel Kieczkier, CEO y socio fundador, y Alberto Bethke, socio fundador de la consultora OLIVIA.