Hace algunas semanas, en el metro, una persona apretaba incansablemente el botón de abrir la puerta. La luz indicadora de apertura todavía no se había encendido.
Probablemente, no llegaba tarde. Este comportamiento no era un caso aislado, sino un patrón que se repite cada día en miles de personas que viajan en metro y adoptan esta conducta. Ese patrón dice mucho más de lo que parece a primera vista.
Quien diseñó ese sistema pensó exactamente en eso: la luz no está ahí por estética. Es un indicador que da visibilidad sobre cuándo actuar y evidencia cómo debemos comportarnos. Reduce la duda y la ansiedad del usuario al operar como un disparador claro de la conducta. Es, en definitiva, un pequeño acto de diseño centrado en las personas. Dentro de las organizaciones, ese diseño muchas veces brilla por su ausencia.
Vivimos en una época donde la velocidad, la incertidumbre y la presión constante parecen estar normalizadas. Muchas personas llegan cada día al trabajo con una carga invisible: preocupación por el futuro, miedo a equivocarse, sensación de no llegar a todo lo que quieren hacer o la necesidad permanente de demostrar su valor.
No siempre se habla de ello, pero el impacto de esta carga es real y medible. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión y la ansiedad causan la pérdida de 12.000 millones de días laborales al año, lo que se traduce en un costo de US$ 1 billón en productividad. Esta “fricción” interna tiene consecuencias directas.
La ansiedad no es un problema individual que cada persona deba resolver en soledad; es, en gran medida, el reflejo de cómo diseñamos nuestras culturas organizacionales.
El diseñador del metro entendió algo clave: cuando las personas no tienen señales claras, intentan compensar la incertidumbre con una acción repetitiva, que no siempre es la correcta, que no siempre es la que las organizaciones esperan activar como parte de su definición de cómo quieren operar.
En el trabajo sucede exactamente lo mismo. Cuando falta claridad, contexto o expectativas visibles, las personas "aprietan botones sin parar": revisan mensajes compulsivamente, buscan validación continua o trabajan más horas de las necesarias intentando anticiparse a lo desconocido. No es falta de compromiso; es un mecanismo de defensa ante la falta de una “luz indicadora”. De hecho, según estudios reportados por la BBC, trabajar 11 horas o más duplica el riesgo de depresión, amplificando este círculo vicioso.
La buena noticia es que esto tiene solución, y está en manos de quienes lideran y diseñan la cultura. Para pasar de la reactividad a la calma productiva, podemos accionar cuatro palancas:
Diseñar una cultura orientada al bienestar y cuidar la experiencia de las personas en el trabajo no es una tendencia transitoria, es una necesidad estratégica. Porque cuando los procesos y el entorno ofrecen claridad, la incertidumbre baja. Y cuando la fricción desaparece, es cuando finalmente florece el máximo potencial del talento.
Por Mariana Socorros, socia de Olivia España.