Paula De Caro, socia de Olivia, autora de la nota El arte de desorientarse sobre liderazgo y criterio propio en la era de la IA

El arte de desorientarse: por qué lo que necesitamos es aprender a perdernos

Mientras el mundo parece obsesionarse con las respuestas inmediatas, el verdadero riesgo no es perder el rumbo, sino perder la capacidad de descubrir.

Escrito por
Paula De Caro
Paula De Caro

Socia en Olivia. Especialista en transformación cultural, comunicación integral, pensamiento estratégico, diseño y facilitación de dinámicas grupales y gerenciamiento de proyectos.

Vivimos en un mundo acelerado, una vorágine alocada donde la prisa se transformó en nuestro estado predeterminado.

 

Atrapados en una dinámica donde el ritmo del contexto y los indicadores de mercado exigen tomar decisiones complejas a una velocidad frenética, parece haber poco espacio para la duda. Sin embargo, en medio de esta maratón por automatizar procesos, reconfigurar estructuras y optimizar recursos, corremos el riesgo de actuar como autómatas programados para avanzar a toda marcha, pero incapaces de saber cuándo ni cómo frenar.

Cuando la respuesta a cualquier interrogante está a un solo clic de distancia, la divagación y el debate profundo se erradican por completo. El problema de fondo no radica en la tecnología en sí, sino en la paulatina atrofia de la gimnasia mental que implica explorar un problema sin un mapa predeterminado. En su libro “Una guía sobre el arte de perderse”, la escritora estadounidense Rebecca Solnit reflexiona sobre el valor de la desorientación geográfica y conceptual como un terreno fértil para el pensamiento. Es justamente cuando nos alejamos de las certezas absolutas cuando se despiertan la observación profunda, la curiosidad genuina y esa creatividad indispensable para resolver lo imprevisto.

Plantear un enigma y jugar a resolverlo con liviandad —sin la urgencia de una respuesta inmediata—, explorar posibles respuestas ridículas, reír a carcajadas ante hipótesis delirantes o no llegar a ningún lado pero haber descubierto una nueva posibilidad es, en mi opinión, un tesoro que deberíamos cuidar.

Si en el proceso de formación de las nuevas generaciones eliminamos la oportunidad de equivocarse, de indagar explicaciones por sí mismos y de recorrer el camino analítico completo, terminaremos moldeando profesionales hiperconectados pero incapaces de desafiar la información que les devuelve una pantalla.

Para liderar en la era de la inteligencia artificial, se requiere un criterio propio que no se compra en una plataforma. La tecnología hoy procesa volúmenes gigantescos de datos y genera estructuras formales en segundos, y es esta velocidad y el tono con el que presenta la información lo que puede resultar engañoso. ¿Cómo discutirle a algo capaz de una respuesta tan rápida que suena tan inteligente? Parecería que la inteligencia artificial no se pierde nunca.

La buena noticia es que la IA todavía carece de contexto inmediato, empatía y sensibilidad vincular. Un informe técnico puede automatizarse, pero la capacidad de leer el clima de una sala de reuniones, sostener una conversación difícil cara a cara o interpretar las dinámicas emocionales detrás de una crisis sigue siendo un territorio exclusivo de la experiencia humana.

El coraje de la presencia y el costo de no frenar

No soy la primera persona que sostiene que la verdadera prueba del liderazgo contemporáneo no se mide en la sofisticación de sus herramientas digitales, sino en la calidad de sus conversaciones. En momentos de transformación e incertidumbre, la tentación de escudarse tras comunicados impersonales o soluciones ejecutadas a la distancia es sumamente alta. No obstante, cuidar el factor humano exige poner el cuerpo, priorizar el tiempo presente y asumir la incomodidad que genera perderse cuando no tenemos todas las respuestas.

Decir “no tengo tiempo” se volvió el mantra organizacional estándar para justificar la falta de profundidad. Pero esa prisa constante atenta de forma directa contra la idoneidad de nuestras decisiones. Cuando operamos permanentemente en piloto automático, nos desconectamos de la realidad operativa y del impacto emocional que nuestras resoluciones generan en el sistema más amplio. El desafío real de la gestión pasa por generar pausas conscientes: detenerse para leer la cancha, explorar las posibilidades, comprender que detrás de cada ajuste de números hay vidas e historias personales, y habilitar espacios de escucha genuina, incluso cuando los mensajes a transmitir no sean los más deseados.

Romper la inercia no significa paralizar la operación ni ignorar la urgencia de los resultados, sino introducir pausas estratégicas que permitan procesar las sacudidas del entorno y calibrar el sentido de la organización; pausas que nos permiten tomar distancia, pensar y “recalcular” antes de avanzar.

Reinventar el desarrollo del talento en la era algorítmica

Esta reconfiguración acelerada del entorno laboral nos obliga a hackear la forma en que desarrollamos a los futuros líderes. Los esquemas tradicionales de capacitación, enfocados en la mera transmisión de datos o en la delegación de tareas operativas repetitivas, quedaron obsoletos. Si las tareas iniciales de análisis o elaboración de matrices que antes servían de entrenamiento hoy se resuelven en segundos mediante algoritmos, se abre una pregunta crítica: ¿Dónde y cómo se van a formar los perfiles senior del mañana?

La respuesta no reside en exigir más horas frente a un escritorio, sino en conectar a los profesionales con experiencias analógicas, creativas y relacionales que los inviten a divagar, explorar, intentar, equivocarse, reflexionar y aprender. Necesitamos rediseñar los programas de desarrollo para que el aprendizaje vuelva a darse en la cancha, a través de la observación directa, la facilitación de espacios colectivos y la estimulación del pensamiento crítico. Aprender a cuestionar y validar lo que produce la inteligencia artificial exige un dominio conceptual que solo se construye mediante la práctica reflexiva y el acompañamiento cercano.

Creo que la clave está en impulsar un modelo de desarrollo que integre de manera armónica la potencia de la automatización con las capacidades humanas más elementales: la intuición, la síntesis contextual, la construcción de confianza y la capacidad de vincularse. La tecnología debe operar como un punto de partida que libere tiempo para lo esencial, y no como un atajo que reemplace el discernimiento personal.

En definitiva, liderar en contextos de alta volatilidad no consiste en poseer todas las certezas de antemano, sino en cultivar la templanza necesaria para navegar lo desconocido sin perder la humanidad en el camino. Perderse para encontrarse una y otra vez.

Por Paula De Caro, socia de Olivia.

 

LIDERAZGO ORGANIZACIONAL
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