6-1Nuestras organizaciones se ven desafiadas por un entorno cada vez más incierto. Más allá de las herramientas, modelos e inversiones que hagan, es bueno recordar cuál puede ser su principal fortaleza.

Cuantas veces hemos escuchado frases como “este equipo tiene alma”; “entré a la casa y me di cuenta de que tiene un alma especial”. Pero, más veces que no, en el trajín de nuestro día a día la habremos pasado por alto. Sin embargo, estas frases esconden un reclamo que estoy viendo sonar cada vez más seguido en las reuniones con ejecutivos como con sus colaboradores.

Reconozcámoslo, la espiritualidad no es un ámbito que solemos relacionar con el mundo de los negocios. La competencia que supone ser mejor, más rápido y eficiente parece una barrera natural para todo lo no medible. El bienestar de las personas en nuestras compañías sigue desconectado del bienestar de nuestra cuenta de resultados.

Eso cuando particularmente los últimos tiempos nos enseñaron lo importante que son los -mal llamados- factores “blandos” a la hora de gestionar el trabajo de las personas. Me refiero a las emociones, la felicidad o -también- el objetivo que puede representar el “propósito”. Sin embargo y a pesar de todo lo vivido desde la llegada de la pandemia, estos -mal- llamados activos “blandos” aún hoy parecen subordinados al mandato de los “duros”.

Hablar de la espiritualidad suena por lo menos “abstracto” y aún más desconectado de la vida de las organizaciones por decirlo de forma delicada. Sorprende si recordamos que nuestras organizaciones les exigen a sus integrantes dar lo mejor de sí (el individuo) para el bien común (la empresa), respetando a los demás. De qué estamos hablando entonces sino de la esencia de la espiritualidad que en cualquiera de sus interpretaciones se resume en: hacer el bien cada uno para el bien de todos, supeditando nuestro esfuerzo a un destino mejor y común.

Los ejemplos que hacen real lo espiritual

En todo el mundo podemos encontrar experiencias que convalidan la importancia que tiene la espiritualidad para el bienestar de una compañía y en última instancia para sus equipos. En algunos casos, se refleja en espacios físicos; en un marco de convivencia; en una forma de liderazgo. El denominador común es que son organizaciones que supieron incorporar a su cultura organizacional un espacio en el que la espiritualidad y el sentido de cada uno pueda vivirse en el día a día.

Un ejemplo que supo demostrar la estrecha relación que puede tener la espiritualidad con el Excel de Ventas, es la vida de Enrique Shaw, un empresario industrial de los años ´50 y ´60. Su forma de gestionar la empresa familiar Cristalerías Rigoleau tenía como piedra basal el sentido común y el respeto al prójimo. Su foco en todo lo que hacía como CEO partía del crecimiento humano de sus trabajadores para hacer sustentable a la empresa.

 El ejemplo de Shaw anticipó lo que hoy llamamos “seguridad psicológica”. A través de su comportamiento personal, este padre de nueve niños generó un marco de interacción para con las 3.000 personas que empleaba que apostaba a potenciar el esfuerzo común. Lo hacía priorizando la exigencia hacia la excelencia, pero desde el respeto personal y la transparencia. Shaw y su equipo generaron una cultura que se ocupaba y preocupaba por la persona: exigía tanto como se interesaba de forma genuina por el bienestar más allá de lo laboral. Es aquí donde la espiritualidad se hace presente para motivarnos a volver cada día.

Quienes creen que semejante objetivo no puede ser más que una excepción en el tiempo y lejos de las exigencias de la era virtual que nos toca vivir en este siglo, les recomiendo conocer la herramienta del “Semáforo de la Pobreza”.

Desarrollada por la Fundación Paraguay, la herramienta se ordena en base a cinco dimensiones, que le permite a una empresa justamente desde un lugar de respeto y necesidad conocer la realidad que viven sus colaboradores en sus vidas fuera de lo laboral. Recordando la Pirámide de Maslow, el Semáforo de la Pobreza, se compone de cinco dimensiones. La primera dimensión se enfoca en lo “Material”: tipo de vivienda; espacios comunes que se comparten en la familia; tamaño de la vivienda, entre otros. La quinta dimensión es la de la “Espiritualidad”: el nivel de contención que se vive en la familia. Es en esta última que suelen descubrirse necesidades y faltantes. Por ejemplo, temas de violencia familia física o psicológica; autismos u otras enfermedades. No hay que resaltar, que su conocimiento y trabajo en conjunto entre la organización y la persona desde el total consentimiento entre ambas partes y el respeto compartido, genera las bases para un vínculo muy distinto al que puede generar el cheque de pago al final de mes.

Son este “semáforo” y otras herramientas similares lo que ayudan a generar una red de confianza entre el colaborador y la empresa. En otras palabras, permite “humanizar” a la empresa, logrando que las personas vengan con otro espíritu a trabajar; con ganas de aportar y de dar lo mejor de sí. Porque se saben respetados y cuidados en esa empresa, más allá de toda exigencia justa que requiere la competencia y el negocio.

En la pobreza como en la riqueza

A quienes le suene a utopía, los invito a indagar qué tipo de empresas trabajan ya con esas herramientas y los resultados que logran. Por último, a quienes creen que este tipo de realidades solo responde a sociedades y mercados marcados por la pobreza o el subdesarrollo (África; América Latina, Asia), los invito, en cambio a mirar hacia Europa. Encontrarán en Alemania soluciones que siguiendo la dinámica de un “semáforo de necesidades” aprovechan la información que nos provee la era del dato para hacer lo que hacía Enrique Shaw en los años 50 y 60: conocer las realidades de las personas que trabajaban con él y poder incluir esta realidad -que no era la propia- en sus decisiones. Porque una de las buenas cosas que nos deja el mundo actual es poder reforzar el sentido común con información objetiva.

Los datos y su análisis nos permiten hoy como nunca mapear y tener una visión sobre cómo interactúan las personas dentro de la compañía y en base a sus necesidades. Los datos permiten entonces no solo mejorar cómo hacemos lo que hacemos sino por qué lo hacemos como lo hacemos. El dato nos permite visualizar el “espíritu” que rige en nuestra organización. Si es respetuoso, colaborativo y orientado a generar el bien común, que es que la empresa de lo mejor de sí. O, en cambio, si está marcado por el sálvese quien pueda, la agresividad y el crecimiento al coste de otro. “Data Decisioning” lo llaman algunos, “Behavioural Analytics” o “People Analytics”, otros. Pero más allá de los nombres que le queramos dar, lo más importante es que los datos nos permiten hacer visible y cuidar el espíritu que nos une o separa en nuestra empresa.

Aprovechados de forma responsable, los datos nos permiten entonces hoy conectar de forma objetiva con esa base energética que puede impulsar nuestras organizaciones hacia un futuro mejor, más allá de cualquier desafío, crisis o cambio: la espiritualidad que nos impulsa a través de nuestra vida como humanos.

Por Claudio Ardissone, Managing Director de Olivia Paraguay.

 

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