Mariana Socorrós, socia de Olivia España, autora de la nota sobre diseño de servicios y experiencia de cliente

Lo que la mala experiencia de cliente de Amazon revela sobre el diseño de servicios

Qué revela una mala experiencia con Amazon sobre el diseño de servicios y los momentos donde se gana o se pierde la confianza del cliente.

Escrito por
Mariana Socorros
Mariana Socorros

Inspiradora y audaz, desafía el statu quo con ideas que reconfiguran la manera en que las organizaciones piensan, crean y evolucionan.

Pagas una membresía para tener una serie de servicios y una mejor experiencia. En vez de eso, pedidos cancelados sin aviso, devoluciones que nunca aprueba el comprador y media hora buscando, sin éxito, un humano con quien hablar.

 

La experiencia de cliente no se rompe en un solo punto: se rompe en el sistema completo.

Hace unas semanas hice un pedido en Amazon. Nada extraordinario, la clase de compra que uno hace sin pensarlo dos veces porque, precisamente porque la promesa es: productos que lleguen en el plazo informado y una experiencia sin fricciones.

No solo no llegó en el plazo, sino que el repartidor canceló la orden sin siquiera intentar un primer envío. No recibí ninguna notificación de esa cancelación. Tampoco aprobé ninguna devolución, simplemente apareció como resuelta en el sistema, como si mi decisión no fuera parte de la ecuación.

Cuando quise poner una reclamación, encontré el segundo problema, y en muchos sentidos el más revelador: no había forma de hablar con una persona. Cada botón, cada sugerencia, en la app y en la web, me devolvía al mismo lugar: una pantalla con mis compras y un puñado de preguntas frecuentes que la empresa había decidido que eran las que yo debía tener, no las que efectivamente tenía. Más de media hora buscando una vía de contacto real, sin encontrarla.

Ninguno de estos dos problemas es, en el fondo, sobre logística o sobre tecnología, son sobre diseño. Sobre qué decisiones se tomaron, en qué orden, y a quién se le dio voz en el proceso.

La experiencia de cliente no es un momento, es un sistema

Cuando hablamos de experiencia de cliente solemos pensar en el momento visible: pedir, la entrega, la llamada, la respuesta del chat, las notificaciones, el seguimiento, la entrega. Pero lo que yo viví no fue un mal momento aislado, fue la consecuencia visible de decisiones invisibles tomadas mucho antes: cómo se diseña el flujo de cancelación, qué pasa cuando un repartidor no puede completar una entrega, quién decide que una devolución se aprueba sin el cliente, y qué tan fácil o difícil se hace, a propósito o por omisión, llegar a un ser humano.

Esto es exactamente lo que el diseño de servicios intenta resolver: no optimizar una interacción aislada, sino mapear el recorrido completo del cliente y hacer visibles las decisiones que ocurren detrás de cada punto de contacto. Un service blueprint bien hecho no solo muestra lo que el cliente ve (el front stage), sino lo que sucede detrás (el back stage): los sistemas, las políticas, los equipos, las reglas de negocio que determinan si esa cancelación se notifica o no, si esa devolución requiere aprobación del cliente o no.

Cuando una organización falla en la experiencia de cliente de forma sistemática, casi nunca es porque a nadie le importe. Es porque nadie diseñó, de punta a punta, qué debía pasar cuando algo saliera mal. Se diseñó el camino feliz (el pedido que llega a tiempo) y se dejó el camino roto (el pedido que no llega) librado a reglas automáticas que se optimizan para el volumen, no para la persona.

Los momentos de verdad son donde se gana o se pierde la confianza

En el diseño de servicios existe el concepto de “momentos de verdad”: esos instantes en los que la promesa de la marca se pone a prueba frente a la realidad. No es en la publicidad, ni en el onboarding perfecto, donde se construye o se destruye la confianza. Es en el momento en que algo falla y el cliente descubre qué tan real era la promesa.

Una membresía paga es, literalmente, una promesa transaccional: pagas más para recibir más certeza. Cuando esa certeza se rompe y, además, el camino para resolverlo también está roto, el mensaje que recibe el cliente es doble: “no cumplimos lo que prometimos” y “tampoco nos importa que lo sepas”.

Las organizaciones que entienden esto invierten desproporcionadamente en diseñar los momentos de falla, no solo los momentos de éxito. Preguntan: ¿qué le pasa a un cliente cuando algo no sale como esperaba? ¿Cuántos clics, cuántos minutos, cuánta fricción hay entre el problema y una persona que pueda resolverlo? Esa distancia es, muchas veces, el verdadero indicador de cuánto valora una empresa a quien lo elige.

El “self-service” bien diseñado libera; el mal diseñado esconde

Hay una diferencia enorme entre automatizar para dar autonomía y automatizar para desviar. Los flujos de autoservicio, cuando están bien diseñados, existen porque resuelven más rápido lo que el cliente necesita. Cuando están mal diseñados, existen para reducir el costo de atención de la empresa, aunque eso signifique que el cliente nunca llegue a resolver lo que realmente necesita.

La señal para distinguir uno de otro es simple: ¿el sistema fue diseñado a partir de las preguntas reales de los clientes, o a partir de las preguntas que la empresa decidió que eran las más económicas de responder? Cuando cada botón te devuelve al mismo lugar, cuando las “preguntas sugeridas” no corresponden a lo que preguntaste, no estás frente a un error de UX.

Estás frente a una decisión de negocio disfrazada de ayuda que deviene en un cliente frustrado que pierde confianza en la empresa.

Reconstruir la confianza empieza por escuchar el sistema, no sólo la queja

Cuando finalmente logré comunicarme (algo que, insisto, no debería tomar media hora) lo que necesitaba no era solo que resolvieran mi caso puntual, necesitaba saber que alguien, en algún lugar de esa organización, estaba viendo el patrón: cuántas cancelaciones ocurren sin notificación, cuántas devoluciones se aprueban sin consentimiento del cliente, cuántas personas abandonan la búsqueda de ayuda antes de encontrar un humano.

Ese es, quizás, el cambio de mentalidad más importante para las organizaciones que quieren construir experiencia de cliente real: dejar de medir el éxito por el volumen de casos resueltos y empezar a medir por el diseño de los caminos que llevan (o no llevan) a la resolución. Un NPS alto puede convivir perfectamente con un sistema que, en la práctica, hace todo lo posible para que el cliente nunca llegue a quejarse.

La pregunta que las organizaciones deberían hacerse

No se trata de si la empresa tiene un área de “Customer Experience” (Amazon, sin dudas, la tiene, y de las más sofisticadas del mundo). Se trata de si esa promesa de experiencia está diseñada de punta a punta, incluyendo los caminos de falla, o si solo está diseñada para el escenario en el que todo sale bien.

Y cuando el cliente llega a esa instancia de reclamación, a hablar finalmente con un humano (como me ha sucedido a mí), ¿cómo opera esa persona? La empatía y simpatía no siempre son suficientes, el “comprendo su situación” no debería ser un mensaje automático expresado sin más por una persona porque cuando nuevamente prometieron dar seguimiento especial y personalizado a mi pedido, cuándo hicieron promesas sobre la nueva entrega que nunca llegó y el modo de reintegro que no se cumplió, nuevamente rompieron con su promesa y esa persona, a la cual eventualmente le hubiésemos creído, cayó en el mismo patrón de comportamiento y experiencia. Esa persona profundizó la desconfianza hacia la compañía y marca.

La pregunta que debería quedar resonando en cualquier comité de dirección no es “¿qué tan buena es nuestra experiencia de cliente cuando todo funciona?”, sino: ¿qué tan fácil es, para alguien que pagó por nuestra promesa, encontrar a un humano cuando esa promesa se rompe, y que ese humano evalúe racionalmente si sus nuevas promesas podrán ser cumplidas o no en pos de cómo un sistema está diseñado?

Esa distancia, entre la promesa y el camino de vuelta cuando la promesa falla, es donde realmente se construye —o se destruye— la confianza de un cliente.

Por Mariana Socorrós, socia de Olivia España.

 

CULTURA ORGANIZACIONAL
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