Alberto Bethke, socio fundador de Olivia, reflexionando sobre cultura organizacional y equipos de alto rendimiento

Gestión de equipos de alto rendimiento: el valor de la cultura sobre los resultados

Del “tercer arquero” al análisis de redes organizacionales: por qué el éxito de un equipo no depende solo de las individualidades.

Escrito por
Alberto Bethke
Alberto Bethke

Socio fundador de Olivia. Totalmente enfocado en explotar el potencial de las personas, e inspirar a líderes a un cambio sustentable.

Hay una pregunta que parece obvia pero que, cuanto más se formula, más incómoda se vuelve: ¿Qué es el éxito?

El contexto mundialista la pone en evidencia con una claridad brutal: el exitismo cuesta caro, tanto en el fútbol como en las organizaciones. En los episodios de Whisky Stories en Olivia Play, conversamos sobre este tema desde distintas aristas.

Hay una escena que duele y molesta. Un jugador pierde la final del mundo —llegó entre los dos mejores equipos del planeta— y no quiere ir a buscar la medalla. La tribuna llora. O peor: un CEO golpea la mesa porque la compañía creció un 20% cuando el presupuesto decía 25%. El problema no es el número. Es la expectativa mal calibrada.

¿Fracasó el equipo que llegó a la final? Hay 200 países en el mundo. Salir segundo o tercero, es decir, llegar a ser uno de los mejores equipos, no es fracasar. El error está en mirar la foto y no la película. En reducir años de trabajo, proceso y construcción a un partido, a un trimestre, a un año fiscal.

El corto plazo es arbitrario. Y sin embargo, es el horizonte al que la mayoría de las culturas corporativas —y futbolísticas— le rinden cuentas.

Usemos a Chile como ejemplo. En los últimos 30 años, en el fútbol, tuvo una generación dorada: ganó dos Copas América y fue protagonista en mundiales. Visto en perspectiva, es una historia de éxito enorme. Pero si se lo mide solo por si clasificó al torneo que se está jugando ahora, parece un fracaso.

O tomemos a Platense: 26 años consecutivos evitando el descenso. Los hinchas festejaban a fin de año como si hubieran salido campeones. Y tenían razón. En la ecuación de posición, presupuesto y recursos, ese es un resultado extraordinario. Mientras tanto, en Boca, salir segundo era motivo para pedir la renuncia del técnico.

La conclusión es simple y casi nunca se aplica: el éxito se mide en relación a la expectativa, la estrategia y el contexto. No existe una sola vara para todos.

Cultura organizacional: el tercer arquero y la manzana podrida

El segundo hilo de estas reflexiones arranca con una pregunta aparentemente trivial: ¿Para qué llevar un tercer arquero al Mundial si probablemente no juegue? La respuesta no es técnica, sino cultural.

No todo en un equipo se mide en rendimiento individual. Hay personas que quizás no tienen la performance del titular, pero cuya actitud es determinante para el colectivo. El que alienta cuando van perdiendo. El que estudia al arquero rival desde el banco para avisarle a su compañero. El que festeja el gol ajeno como si fuera propio, porque vive el “nosotros” antes que el “yo”.

Hoy existe algo llamado ARO —Análisis de Redes Organizacionales— que permite medir matemáticamente quiénes son los nodos de influencia positiva dentro de una organización. No siempre coinciden con el organigrama. A veces el tercer arquero tiene más peso en la cultura del equipo que el goleador.

Jack Welch, ex CEO de General Electric, lo tenía claro: el cuadrante problemático no es el de baja performance. Es el de alta performance y mala actitud. Esa es la “manzana que pudre el cajón”. Mantenerla porque cierra negocios es una decisión de corto plazo con consecuencias de largo plazo.

Hay un caso que ilustra esto bien. Una cadena de supermercados colombiana estableció una práctica poco vista: si fallabas dos años consecutivos en la evaluación de liderazgo, quedabas afuera, sin importar si eras el que más vendía. Eso no es hablar de cultura. Eso es creer en la cultura y tomar decisiones difíciles en consecuencia.

Hay una enorme diferencia entre quienes se llenan la boca hablando de valores y los que los viven cuando cuesta.

Liderazgo estratégico: Curazao contra Alemania

El tercer hilo tiene otro nombre: Curazao. Una selección con apenas 2.500 jugadores inscriptos que en el Mundial enfrentó a Alemania, que elige entre más de 500.000.

Cuando grabamos el episodio, antes del partido, la pregunta no era si podía ganar. La pregunta era: ¿Cuál debería ser su medida de éxito?

Alemania ganó 7 a 1. Y, sin embargo, la respuesta no cambia.

Ponerse en el mapa. Hacer historia al estar en un Mundial. Mostrar identidad. Ser el equipo que la gente recuerda con cariño, como Trinidad y Tobago en 2006. Iniciar una era, no cerrar un torneo. El marcador de ese partido no define si Curazao fracasó: define exactamente la brecha que tiene por delante y el proceso que necesita construir.

Lo mismo aplica a cualquier challenger en un mercado. Cuando una empresa es chica, no compite por espalda financiera ni por volumen. Compite por inteligencia, velocidad, personalización y diferenciación. Las grandes organizaciones tienen el problema de mirarse a sí mismas para ver cómo mejorar. Las que rompen el esquema miran al cliente. Buscan qué es lo que el cliente estaría dispuesto a pagar por algo que hoy no recibe.

Como decía Henry Ford: “Si le hubiera preguntado a la gente qué necesitaba, me habrían pedido caballos más rápidos”. No hizo caballos mejores. Hizo el Ford T.

El error de los desafiantes no es ser pequeños. Es querer replicar lo que hacen los grandes con menos recursos. La diferenciación no es un lujo: es la única estrategia disponible.

El éxito de Curazao no era derrotar a Alemania. Es que dentro de diez años, Curazao sea un equipo respetable. Un 7 a 1 en el primer partido de su historia mundialista no es el final de esa historia. Puede ser, si se gestiona bien, el comienzo.

El éxito es una consecuencia, no una causa

Lo que estos episodios tienen en común es algo que parece simple y que cuesta enormemente aplicar: el éxito es una consecuencia del proceso, no la razón por la que hacés las cosas.

Si se construye bien —con valores, con estrategia, con mirada larga, con un equipo que comparte un propósito— el resultado tiene más probabilidades de llegar. No está garantizado. Pero el camino ya vale.

Argentina 2022 lo demostró: el proceso de Lionel Scaloni fue una paradoja para este país. Mostró que se puede hacer las cosas en forma colectiva, prolija y sostenida en el tiempo. Que la copa fue una consecuencia de ese proceso, no al revés.

Eso aplica a equipos de fútbol, a startups que compiten contra multinacionales, a compañías que crecieron un 20% cuando el presupuesto pedía 25%, y a terceros arqueros que quizás no atajen ningún penal pero hacen mejores a todos los que los rodean.

Somos muy exitistas. Y mientras sigamos midiendo todo con la foto del resultado final, vamos a seguir sin entender por qué los que hacen bien las cosas muchas veces no llegan al podio, y por qué llegar al podio no siempre significa que hiciste bien las cosas. 

Escuchá los tres episodios completos en Olivia Play:

Cual-es-la-medida-del-exito

El desafio de formar equipo | Olivia Play for Business

Whisky Stories-no-todo-triunfo-se-mide-en-goles

Por Alberto Bethke, socio fundador de Olivia.


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PREGUNTAS FRECUENTES

¿Cómo sabemos si una cultura está lista para transformarse?

En Olivia, una cultura está lista para transformarse cuando existe conciencia del problema y voluntad real de cambio en el liderazgo. Antes de iniciar cualquier proceso en América Latina o Europa, leemos la cultura tal como se vive — no la declarada: cómo se toman las decisiones, cómo se ejerce la influencia en el día a día, qué prácticas sostienen la cultura actual. Si hay apertura al diálogo, liderazgo comprometido y curiosidad genuina, el terreno está preparado para una transformación sostenible.


¿Qué señales muestran que una cultura está bloqueando el crecimiento o la innovación?

Cuando las personas evitan tomar riesgos, las decisiones se demoran o se castiga el error, la cultura se vuelve un freno invisible. En Olivia identificamos síntomas concretos que hemos visto en organizaciones de México, Argentina, Chile y España: rotación alta, baja colaboración entre áreas y liderazgos desconectados de la realidad del equipo. Esas señales indican que el sistema de creencias de la empresa ya no acompaña su estrategia de negocio — y ese es exactamente el momento de intervenir.

 

¿Cómo identificamos los comportamientos que realmente sostienen la cultura actual?

En Olivia detectamos lo que la organización recompensa, tolera, permite y celebra, y mapeamos las redes de influencia reales para identificar la brecha entre esos comportamientos y los que la organización necesita para alcanzar sus objetivos de negocio. De ese modo detectamos qué conductas impulsan el negocio, cuáles lo frenan y cuáles deberían gestarse pero actualmente no están en el ADN cultural. Con más de 15 años trabajando en transformaciones culturales en América Latina y Europa, sabemos que las conductas que frenan el negocio rara vez son las que aparecen en los valores declarados.

 

¿Qué rol tiene el liderazgo en una transformación cultural?

Crítico. En Olivia trabajamos con una premisa clara: las personas no orientan sus comportamientos por lo que la empresa comunica, sino por lo que sus líderes hacen. Por eso en todos nuestros procesos de transformación cultural — en organizaciones de México, Chile, España y toda América Latina — trabajamos con alto involucramiento de los líderes para que sean modelo de coherencia. Sin liderazgo visible y comprometido, la cultura no evoluciona.

 

¿Cómo ayudamos a los líderes a ser coherentes entre lo que dicen y lo que hacen?

En Olivia trabajamos la coherencia del liderazgo con procesos de acompañamiento individual y colectivo. Trabajamos sobre la autoconciencia, el feedback y la toma de decisiones en contextos reales — no en talleres aislados. La coherencia se entrena cuando el líder aprende a alinear propósito, discurso y comportamiento, especialmente bajo presión. Es en esos momentos donde la cultura se define.

 

¿Cómo se diseña una transformación cultural sin imponerla desde arriba?

En Olivia diseñamos transformaciones culturales que se construyen desde adentro, no se imponen desde arriba. La clave es dedicar tiempo a comunicar a toda la organización el propósito del cambio cultural y los riesgos de no abordarlo. Esto permite generar conciencia sobre la necesidad de transformación e involucrar, mediante mecanismos de participación ágiles, a los actores clave de las diferentes áreas en el diseño de la implementación de los vectores de cambio, adaptándolos a sus realidades específicas sin perder la visión sistémica de la cadena de valor.

 

¿Qué significa alinear cultura, propósito y estrategia de negocio?

En Olivia, alinear cultura, propósito y estrategia significa que la manera de pensar y actuar de la organización empuja — y no frena — las metas estratégicas. Una cultura alineada con el propósito impulsa la estrategia; una desconectada la sabotea silenciosamente. Cuando los tres elementos convergen, la cultura deja de ser "clima" y se convierte en una ventaja competitiva real que se nota en los resultados de negocio.

 

¿Cómo se mide una transformación cultural?

En Olivia medimos la transformación cultural en dos dimensiones: resultados culturales (comportamientos observables, rituales, redes de colaboración) e impactos de negocio (velocidad de decisión, innovación, retención de talento, NPS interno). Usamos pulsos periódicos, evidencias cualitativas y métricas que conectan lo humano con lo estratégico — porque lo que no se mide no se sostiene.

 

¿Cuánto tarda una empresa en ver resultados culturales reales?

En Olivia, basándonos en más de 15 años de proyectos de transformación cultural en América Latina y Europa, trabajamos con tres horizontes: cambios visibles a 3–6 meses (rituales, lenguaje, quick wins); adopción estable a 9–12 meses; y capacidad cultural autosostenida a los 18+ meses con liderazgo consistente. El punto de partida y el nivel de coherencia del liderazgo son los factores que más aceleran o frenan esos tiempos.

 

¿Qué hacemos cuando la cultura declarada y la vivida no coinciden?

En Olivia cerramos la brecha de coherencia entre lo que la organización dice y lo que vive. Renombrar valores no sirve si los incentivos y decisiones del día a día contradicen el discurso. Por eso intervenimos en símbolos, procesos y roles concretos para que la experiencia diaria de cada colaborador confirme lo que la empresa promete. Es el trabajo más profundo — y el más transformador.